Por Francisco Reyes *

Como todas las naciones afectadas por la pandemia, Canadá tomó desde temprano las medidas necesarias para evitar la propagación del COVID-19. El cierre de instituciones públicas y privadas, la suspensión de actividades grupales, el distanciamiento físico, el uso de alcohol, guantes y mascarillas, las no visitas caseras, entre otras, formaron parte de las recomendaciones para evitar el contagio. Pero nadie sospechaba que la crisis de salud era tan grave.

La reactivación de la economía ha significado un proceso lento bajo fuertes medidas de seguridad que la población ha tenido que aceptar como normas.

La semana pasada, en un recorrido por diferentes localidades del este y noreste de Ontario, el uso de mascarillas era imprescindible para entrar a los negocios, como ocurrió en una tienda de antigüedades en Cobourg, a orilla del Lago Ontario.

En la ciudad de Peterborough, el Consejo Municipal redujo a una vía las calles del distrito de entretenimiento para permitir que bares y restaurantes ocupen las aceras con mesas, de modo que pudieran reabrir los negocios, manteniendo el distanciamiento físico, sin mascarillas y sin penetrar en el interior.

En Toronto, la realidad ha sido distinta. Los supermercados se han mantenido abiertos, pero la seguridad no permite amontonamientos en su interior. Las filas a veces se alargan y los clientes deben esperar turno de entrada. En el transporte público, autobuses y trenes de la TTC el uso de mascarillas es una obligación.

Poco a poco, la gran ciudad ha ido retornando a la “normalidad” en medio de las anormalidades que ha causado la pandemia. Pero es evidente el temor al contagio.

Las actividades religiosas también han sido afectadas por el COVID-19 desde mediado de marzo. Templos de las diferentes denominaciones cristianas y no cristianas han sufrido las embestidas de la pandemia y muchos aún no han abierto sus puertas.

En una comunicación a través del correo electrónico, el pastor Pedro Julio Fernández, de la Iglesia (protestante) Emanuel, se lamenta cómo su congregación, “al igual que otras congregaciones de Toronto han sido afectadas por la pandemia del COVID-19 de una forma contundente”.

“Operar en una situación de emergencia por primera vez en 32 años de ministerio hizo que todos los programas de índole social y espiritual fueran suspendidos”, deploró el pastor Fernández.

Sin embargo, explicó que “la pandemia ha traído cosas buenas, como romper muros de separación geográfica. Brechas de oportunidades se han abierto para la juventud en materia de tecnología de la información y transmisión de ésta. Ellos llevaron la iglesia a la plataforma virtual haciendo posible que desde las salas de los hogares tengamos cultos presenciales”.

Dijo estar sorprendido de que “los récords de conexiones a los servicios virtuales indican que ahora hay una cantidad de ‘asistentes’ de la iglesia y que es más fácil y cómodo hacer evangelismo de contacto”.

Alexander Terraza, director digital del periódico “Hispanos Católicos”, de la Arquidiócesis de Toronto, también se refirió por vía telefónica a los ajustes que los templos católicos han tenido que hacer aprovechando los servicios de las redes sociales.

“La pandemia nos ha hecho crecer en la fe y nos ha hecho tomar conciencia de que las redes sociales son necesarias, conforme a las conclusiones del Concilio Vaticano II sobre el uso efectivo de los medios de comunicación para la difusión de la fe”.

En la Iglesia San Felipe Neri, como en otras parroquias católicas, se ha reiniciado el culto de la misa bajo estrictas medidas de seguridad.

Los parroquianos deben registrarse con días de anticipación a la misa dominical. Solo se permite el 30% de la capacidad del templo. Los feligreses deben desinfectarse las manos a la entrada y usar sus mascarillas y guantes, manteniendo el distanciamiento físico en las bancas.

Cada domingo, desde hace cuatro semanas, el diácono Agustín Meneses sube al púlpito para recordar a los asistentes las medidas puestas en ejecución para evitar el contagio. La hostia en la boca es cuestión del pasado. Algunos parroquianos se resisten a abandonar la vieja costumbre, pero los ministros de comunión son estrictos y no ceden a las presiones.

Pero todo esto corresponde a las formalidades de las iglesias. Habría que preguntarse cómo la pandemia ha afectado la fe de los creyentes en un mundo cada vez más secularizado.

Rosa Peralta, de la Parroquia San Agustín de Canterbury, dijo que “ahora creo más en Dios, que no abandona a sus hijos en medio de la tormenta”.

“No sé si creer o no en Dios. Pero alguien superior a nosotros ha evitado la aniquilación de la humanidad debido a la pandemia”, expresó con cierto escepticismo Antonio Mercado, quien se declaró no tener religión.

“Si uno tiene fe –aseguró Ana Quintero, de la Parroquia San Judas Tadeo- la vive a plenitud, sin preocuparse por ir a la iglesia. La pandemia ha fortalecido mi relación con Dios, con la misa por las redes sociales”.

Los creyentes se aferran más a sus dioses. Los no creyentes se apegan a las medidas sanitarias para evitar el contagio, sin cuestionar la existencia de poderes sobrenaturales en medio de una pandemia que ha cambiado al mundo.

*Francisco Reyes puede ser contactado en reyesobrador@hotmail.com

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